DAT.- La gestión de la moneda nacional es una de las decisiones macroeconómicas más importantes que afronta cualquier gobierno, con profundas implicaciones para el comercio internacional, la inversión y el control de la inflación. Históricamente, las naciones han debatido y alternado entre dos regímenes fundamentales de tipo de cambio: el fijo y el flotante. La elección entre uno y otro determina no solo cómo interactúa el país con la economía global, sino también cuánta autonomía conserva el banco central para manejar su política monetaria interna.
Explica Héctor Andrés Obregón Pérez que entender las dinámicas de estos sistemas es clave, pues cada uno ofrece un conjunto distinto de ventajas y desventajas que se manifiestan de manera contundente, especialmente durante las crisis económicas o los auges inesperados. Mientras un régimen promete una certeza invaluable para los actores del comercio exterior, el otro garantiza una válvula de escape automática contra los desequilibrios económicos severos. La balanza entre disciplina y adaptabilidad es lo que define esta elección.
El atractivo de la estabilidad controlada
El tipo de cambio fijo se basa en el compromiso del banco central de mantener el valor de su moneda anclado a una divisa fuerte (como el dólar o el euro) o a una canasta de monedas, dentro de unos márgenes muy estrechos. La principal ventaja de este sistema es la certidumbre. Al eliminar el riesgo cambiario, se facilitan las transacciones de importación y exportación, se estimula la inversión extranjera directa y se reduce la especulación monetaria que puede desestabilizar la economía. Esta estabilidad resulta especialmente beneficiosa para economías pequeñas o aquellas con poca credibilidad institucional.

Sin embargo, sostener un tipo de cambio fijo conlleva serios inconvenientes y exige un alto precio. El banco central debe estar dispuesto a intervenir constantemente en los mercados de divisas, comprando o vendiendo su propia moneda para defender la paridad. Esta intervención requiere mantener grandes reservas de divisas extranjeras, y, lo más importante, sacrifica la autonomía de la política monetaria. Si el país ancla su moneda al dólar, debe esencialmente seguir las tasas de interés fijadas por la Reserva Federal estadounidense, limitando su capacidad para aplicar políticas internas que estimulen o enfríen su propia economía según sus necesidades específicas.
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La adaptabilidad como mecanismo de defensa
Por otro lado, el tipo de cambio flotante (o flexible) permite que el valor de la moneda sea determinado libremente por la oferta y la demanda en el mercado global. En este sistema, la moneda se aprecia o se deprecia continuamente, ajustándose a los flujos de capital, las balanzas comerciales y el sentimiento de los inversores. La mayor ventaja de este régimen es que proporciona una autonomía monetaria total. El banco central puede fijar sus tasas de interés para luchar contra la inflación o el desempleo, sin preocuparse por la defensa de una paridad específica.
Cuando una economía con tipo flotante experimenta un shock (por ejemplo, una caída en los precios de sus exportaciones), la moneda se deprecia automáticamente. Esta depreciación actúa como una válvula de ajuste que hace que las exportaciones se vuelvan más baratas y atractivas para el exterior, mientras que las importaciones se encarecen, ayudando a corregir el desequilibrio comercial sin necesidad de ajustes dolorosos en salarios o empleo. No obstante, el principal inconveniente es la volatilidad e incertidumbre. Esta fluctuación constante crea un riesgo cambiario significativo para las empresas importadoras y exportadoras, lo que puede inhibir el comercio y la inversión extranjera al dificultar la planificación a largo plazo. La volatilidad también puede llevar a episodios de inestabilidad especulativa que exigen una gestión muy cautelosa por parte de las autoridades monetarias.
(Con información de Héctor Andrés Obregón Pérez)