
‘Ocho apellidos vascos’ de Emilio Martínez Lázaro se estrenó en cines hace hoy una década. Repasamos algunas anécdotas del rodaje y la clave de cómo y por qué logró convertirse en la cinta más vista de la historia de nuestro cine
Dos estrellas de cinco y un escueto “no tiene nada de chispa” sentenciaron a ‘Ocho apellidos vascos’. Desde Fotogramas, cátedra en lo que a crítica cinematográfica se refiere, calificaron así la película española que mejor acogida ha tenido en salas, hasta el momento. Fruto de ese éxito, la cinta Emilio Martínez Lázaro regresará a algunas pantallas del país para volver a revivir el fenómeno diez años después de su apabullante estreno. 56,2 millones de euros y 9,5 millones de espectadores han visto la película que ha pasado por cines, televisiones y, ahora, está disponible en plataformas (Netflix). Incluso, se ha vendido a nivel internacional. Desde Cannes, corrió a Francia, pasando por Portugal y conquistando toda Latinoamérica. ¿Cómo logró una comedia, que no planteaba nada innovador, convertirse en uno de los clásicos indiscutibles de nuestro cine? ¿Cómo ha conseguido ser una película nostálgica y tengamos ganas de volver a ver?
“Para mí es acojonarte, porque soy consciente de que no vamos a repetir un éxito así, de hecho, va a costar que lo viva otra persona, pero que lo hayamos hecho nosotros me parece hasta de mal gusto y obsceno. Y que nosotros no lo vamos a volver a hacer lo tengo claro”, reflexionaba Diego San José para Vanity Fair, en abril de 2014, un mes después de la multitudinaria acogida en cines de la película. Convenía entonces no mencionar datos de audiencia, pues semana a semana fueron cambiando hasta superar los cincuenta millones. En un mes consiguió veinte millones, y logró mantener el primer puesto de taquilla durante sesenta y tres días.

‘Ocho apellidos vascos’: así se gestó desde Mediaset España
La película llamó a las masas a acudir a los cines, a reír. A reírse de sí mismos, de una España con intención de dejar atrás los clichés y los complejos localistas y nacionalista que, inteligentemente, recrean San José y Borja Cobeaga en el guion que ambos firmaron por encargo de Mediaset. Los “tiros” iniciales consistían en recrear la esencia del exitoso ‘Vaya semanita’, del que Cobeaga era guionista, y lograr captar al público joven mediante gags que pudieran lograr el éxito de ‘Airbag’ en los 90. Pero la juventud no iba conectar con esa idea, por lo que, dándole una vuelta a la historia, buscaron la forma de trabajar el convencionalismo y abrirse en lo que a público se refiere. Es entonces cuando apareció Emilio Martínez Lázaro, realizador de éxito de títulos como ‘El otro lado de la cama’ y ‘La montaña rusa’.
“El guion estaba muy bien hecho, era muy divertido. Cuando me lo dieron no estaba aún terminado y dije: lo fundamental ahora es ver cómo terminamos esto. Pero lo más importante ya estaba hecho, y desde el humor de alguien que es vasco y que conoce muy bien las teclas que tiene que tocar. Desde el primer momento pensé que iba a funcionar muy bien”, contaba el director del filme en Noticias de Gipuzkoa. “Tuve una idea, salió bien, y fue darle un giro a la historia en la última parte. Fue convertir lo que era una farsa sobre los personajes en una historia romántica entre la pareja protagonista y el padre de la chica”, proseguía.
Los actores de ‘Ocho apellidos vascos’: otra garantía de éxito
Los protagonistas de esa historia de amor fueron Clara Lago y Dani Rovira, actriz y monologuista, respectivamente, que a raíz de la película forjaron una historia de amor personal que duraría hasta 2019. Lago llegaba temerosa al proyecto, puesto que no había hecho comedia hacía tiempo. “Era un género que me daba al mismo tiempo respecto y ganas, me sigue pasando”. Su personaje, Amaia, natural de Argoitia, era aún más brusca en la versión original. En cuanto a Rovira, que ganó el Goya a Mejor Actor Revelación al tiempo que presentaba la gala de los Goya, era su primera película. “Me sentí muy cómodo y lo disfruté como un mono. Haré más películas siempre que haya alguien que siga apostando por mí, cómo no”, comentaba el humorista que jamás se hubiera planteado hacer carrera en el cine.

El padre de la criatura fue Karra Elejalde y la “madre” del novio, Carmen Machi. “El personaje me fue muy familiar porque, prácticamente, toda mi familia tenía esos dejes, aunque siempre tratando el personaje desde otra perspectiva, la mía, no la usual, la que ya conocemos”, contaba Elejalde en la promoción del filme. Por cierto, el director de la película declaró que mantuvo una lucha interna con Mediaset, puesto que la cadena no concebía al actor alavés en la película. “Decían que no, que no lo veían y que, además, daba mucha guerra. Seguro que ahora no piensan lo mismo”, desvelaba en 2021. Carmen Machi, sin embargo, recibió el guion desde el principio. Apostó por la “comedia pura” y aceptó por Martínez Lázaro y Elejalde, porque le apetecía compartir con ellos.
La acogida y el rodaje de la película
Una compañía que preveía unos beneficios en torno a los cuatro o cinco millones nada más, con una comedia familiar de tinte romántico, que lograse aunar en las salas de cine tanto a nietos como a abuelos. Pero con muchas dudas. Incluso, en el último día, Mediaset quiso quitar el calificativo de “vascos” del título, porque no creían en el reclamo publicitario. Los guionistas se negaron y todo salió como pensaban (o casi todo). Curiosamente, la película tampoco gozó de un pase propio de un exitazo. Clara Lago recordaba así el estreno de la cinta en ‘El papel de mi vida’: “Nadie quiso pagar el preestreno de la película, así que no lo hubo, fue directa a los cines. Luego, para ‘Ocho apellidos catalanes’, cortaron la Gran Vía de Madrid y pusieron alfombra roja, una locura. Pero con la primera no hubo nada de eso”.
El centro de operaciones se instaló en Zarautz (Guipúzcoa). Desde allí, la película comenzó en un complicado, meteorológicamente hablando, mes de junio el rodaje en el País Vasco, en el puerto de Guetaria. Moviéndose entre dichas localidades y sumando Zumaia, Arrasate (donde recrearon la taberna Sevillana de los protagonistas) y el pueblo navarro de Leitza. Allí vivía la protagonista, en un céntrico caserón arrendado a unos dueños que, como única condición para permitir el rodaje, pidieron que la película no fuese ni romántica ni de tiros. Carmen Machi también vivió en la misma localidad, donde aún no se sabe cómo lograron no oír los larguísimos ataques de risa de la actriz, los que varias veces tuvieron que parar el rodaje porque Rovira se contagiaba, y no podían parar de reír.

El funeral que aligeró el rodaje: las anécdotas que provocaron una ruta turística propia
«Illa, illa, illa. Euskadi maravilla». Zumaia fue el núcleo de la famosa escena de la manifestación, para la que el equipo necesitó dos días de rodaje. El estruendo de la popular reivindicación hizo que la iglesia de al lado tuviera que pedir respeto porque, en ese preciso momento, se estaba celebrando un funeral, por lo que, apresuraron todo lo posible rodar esa escena por respecto a los familiares del fallecido. Al popular restaurante, que ofrece un desorbitado menú, acudieron durante todo un fin de semana, que tuvo que cerrar para el rodaje del filme y al que no compensaron de ninguna forma, salvo por el intercambio de publicidad.
Y así fue. Las citadas localidades se convirtieron en todo un reclamo turístico para visitantes que ansían ver dónde se rodó la comedia que tanto les hizo reír. La ermita zumairra en la que Amaia y Rafa celebran su «no boda» se ha convertido en un templo de visita obligada a Euskadi para cualquier cinéfilo. Ayudaron las diferentes rutas turísticas que se organizaron aprovechando el éxito de la película.

El décimo aniversario de ‘Ocho apellidos vascos’
A la eterna pregunta de cómo o por qué ‘Ocho apellidos vascos’ consiguió, y ha conseguido, porque aún perdura, convertirse en un apabullante éxito, no sabemos qué responder exactamente. Bueno, sí. La potente campaña que ordenó Mediaset, Telecinco Cinema, fue perfectamente trazada y resultó eficaz. Se empezó a mover en redes semanas antes, los protagonistas hicieron todo tipo de promoción, la cadena se volcó totalmente con la película (Jorge Javier Vázquez y María Teresa Campos llegaron a presentar un programa dedicado en exclusiva a la película). Pero, además, el boca a boca funcionó a la perfección. Era la película de la que todo el mundo hablaba, todo el mundo salía contento, gustaba, era familiar y la gente se sentía orgullosa de haber pagado la entrada al cine. Que no hubiese entradas ayudó (nos gusta lo inalcanzable) y que los “protas” fuesen rostros tan televisivos ayudó.
Por su décimo aniversario, podemos volver a revivir la histeria cinéfila que vivimos en ese 2014, del que, personalmente, no recuerdo haber salido ileso del boom que supuso la película con señas vascas y andaluzas. Repetí varias veces el visionado de la película, pero porque la querías compartir con todo el mundo, y se mantuvo durante tanto tiempo en salas que incluso captó a los rezagados. Y si, además, todo el mundo habla de lo increíblemente divertido que era ver a Dani Rovira convertirse en “abertxandal” progresivamente, pues hubo que verla. Quizás esta efeméride sea una buena ocasión para volver a revisarla.