
La actriz Silvia Abascal repasa su trayectoria profesional, habla del oficio de la actuación y nos cuenta su próximo proyecto para Televisión Española, ‘Asuntos internos’
Todo un viaje que comienza cuando descuelga el teléfono y ahí está: dulce, serena y exquisita. En sintonía con la definición y habitual idea que tenemos de Silvia Abascal Estrada (Madrid, 1979), que navega por las palabras y viaja por los recuerdos durante toda la conversación. Una actriz que lleva desde los 14 años frente a las cámaras, cuando apareció las primeras veces en el mítico ‘Un, dos, tres’ y que, desde entonces, ha ido aprendiendo, evolucionado y creciendo. En su trayectoria destacan más de veinte películas, una decena de obras de teatro y multitud de series de televisión, algunas de las más conocidas nacionalmente. “He tenido de todo”, dice sobre la variedad de trabajos que figuran en su currículo.
Acostumbrada a encarnar una diversidad de mujeres, con cierto grado en común de seguridad, independencia y elegancia, ha ido experimentando la riqueza que le ofrece la profesión por la que tanta pasión siente: “No sé cómo explicarlo. Yo no siento el oficio como un tener que transformarme en otra. Creo que todos los colores están dentro nuestro, aunque para la vida elijamos presentarnos o definirnos con unos, y no con otros. Esta profesión te da la oportunidad de trabajar todos estos colores que no te permites mostrar en tu día a día”.
Halagada por todos los proyectos que han hecho de ella una mejor actriz, la madrileña se ha puesto a las órdenes de, entre otros, Manuel Iborra, Santiago Tabernero, Emilio Martínez Lázaro, Julio Medem, Magüi Mirá o Sergio Peris Mencheta. Se suman varios proyectos internacionales y hasta la escritura de un libro, ‘Todo un viaje’ (2013, Temas de Hoy), donde en primera persona narraba cómo vivió el ictus, y su posterior y exitosa recuperación, que sufrió en la clausura del Festival de Cine de Málaga en el año 2011.
Recién llegada de Málaga. ¿Qué supone para ti este festival, teniendo en cuenta todo lo que has vivido, tanto personal como profesionalmente?
Es un festival al que siempre que puedo voy. Es en el que más veces he estado. Profesionalmente, presentando películas, ruedas de prensa, he sido jurado, recibí la Biznaga de Plata por ‘La dama boba’, presenté una gala con Asier Etxeandía. Y personalmente, tengo un capitulo en mi vida fundamental que su comienzo ocurrió allí, entonces Málaga… Mucha gente me pregunta si no se me remueven cosas, pero siempre son positivas. Se me remueve mucho agradecimiento. Es un festival de mucha alegría, de mucha calidez. Es como que Málaga siempre apetece.
Con respecto a los festivales y alfombras rojas, siempre figuras como una de las mejores vestidas y más elegantes. ¿Cómo es la relación de los actores y las actrices con la moda?
Es que mi profesión no es la moda, eso lo tengo clarísimo. Además, yo socialmente me muevo muy poquito. ¿El día que me muevo? Me gusta jugarlo, pero sin que se me vaya demasiada energía en ello, ¿sabes? No tengo ahí ningún objetivo. Afortunadamente, es verdad, recibo siempre, no lo sé, halagos, piropos o lo que sea y, por supuesto, bienvenido, pero a la hora de presentar algo, una red carpet por ejemplo, lo más importante es sentirte tú segura, independientemente de gustar o no gustar. Mi trabajo está en un escenario y frente a una cámara. Eso es lo mío y para ello me preparo.
A todos nos gusta sentirnos bien con nosotros mismos y para un día que me arreglo, me pongo el tacón y me pongo la joya, pues lo disfruto a tope, pero lo que está claro es que mi día a día nada tiene que ver con eso, que es un cuento de ‘Cenicienta’. Son unas horas y desaparece todo, luego vuelvo a mi estado natural y feliz, que es descalza, con pijama y una pinza en la cabeza.
Bueno, es que todavía hay muchísima gente que tiene idealizada esta profesión y lo simplifica a esa puesta en escena.
Sí. Se cree que el actor es esa imagen del photocall y que nada, pero nada, tiene que ver con lo que es este oficio de pico y pala. Es estupendo estar fantástico en un photocall, pero, cuando una trabaja, mi energía y mi atención no se centran ahí, sino en cómo se corresponda al personaje. Luego yo siento que toda esto de la imagen y el postureo es otra profesión. Tengo clarísimo que no somos modelos: somos un cuerpo que se pone al servicio del personaje que toque, y toque lo que toque.

En tu trayectoria destacan personajes, mujeres muy elegantes e independientes, con las ideas muy claras. ¿Sientes que la mayoría de tus personajes, de alguna forma, te han retratado?
[Reflexiona]. No lo sé, nunca me he planteado esta reflexión. Más allá del audiovisual, en teatro, he hecho personajes muy potentes. Quizás los más potentes que he hecho hayan sido sobre el escenario, así que, no lo sé. Creo que he tenido de todo: personajes más cercanos a mi personalidad, que son los que menos me interesan, y personajes que realmente me han supuesto un reto de búsqueda, de transformación.
No obstante, es verdad que, por ejemplo, a mí me encanta la comedia. Donde yo me formo, en el Estudio Corazza, saben que me muevo en la comedia, pero, sin embargo, me ofrecen papeles muy dramáticos, que se mueven en situaciones muy extremas, con mucho dolor… Eso sí lo identifico. Me ofrecen más asuntos serios que ligeros. Eso seguro. En uno de mis últimos trabajos, en el personaje que hice en ‘Asombrosa Elisa’, que se ha visto muy poquito y que estrenamos en Sitges, he trabajado una de las mayores oscuridades a las que yo me he enfrentado en el cine. He hecho un poquito de todo, pero, es verdad que lo cercano a mí, poquito me interesa. Me apetece trabajar en cosas que me pongan en una tesitura desconocida.
[La televisión vio crecer, tanto física como interpretativamente, a Silvia Abascal que, desde la ficticia y poseída sobrina de Josep Maria Bachs, ha participado en algunas de las mejores producciones de la televisión nacional e internacional. Pasó por ‘Hostal Royal Manzanares’, ‘Turno de oficio’, ‘Acusados’, ‘La catedral del mar’, ‘Cuéntame cómo pasó’, ‘La cocinera de Castamar’ o ‘Montecristo’, junto a William Levy.
Para la gran pantalla fue una personalísima y reflexiva adolescente en ‘El tiempo de la felicidad’, una atrevida hija con sed de venganza en ‘La fuente amarilla’, una atractiva y rebelde hija en ‘La voz de su amo’, una liberal y rockera hija en ‘A mi madre le gustan las mujeres’ o una angustiada esposa de un infiltrado en ETA en ‘El Lobo’. Fue parte de la familia de Sofía Loren en ‘Demasiado amor’, una insatisfecha y confusa novia en ‘Vida y color’, una amorosa e inocente hermana en ‘La dama boba’ o una ansiosa enamorada en ‘Enloquecidas’. Más recientemente, siempre intentando reinventarse, ha dirigido su propio cortometraje ‘No digas nada’, protagonizado por Alexandra Jiménez y Carmelo Gómez, hecho un cameo en ‘Truman’, aparecido brevemente en ‘Mama’ y aceptado un papel secundario en ‘Pasaje de vida’].

¿Es esta una profesión en la que constantemente hay que formarse?
Para mí es absolutamente necesario. Esta profesión no es un título. Nunca estás preparado del todo, aunque hayas hecho una carrera completa de Arte Dramático. El ramo que puedes alcanzar es absolutamente infinito. Empezando por el cuerpo, la expresión corporal, la voz, los idiomas, el control del instrumento, el análisis de texto… toda formación es poca. Aunque no solo es a base de formación, porque un actor, por muy formado que esté, si no tiene la piedra (el diamante), lo que se necesita es pulir, y formar, cuanto más mejor. Para mí es vital tener un espacio donde no necesito ser eficaz, simplemente, puedo investigar, enfrentarme a mis limitaciones. En el Estudio de Juan Carlos [Corazza], donde llevo formándome desde los 18 años, es que, con los ojos cerrados, me lanzo. Mis vuelos más altos, a todos los niveles, han sido en el Estudio.
También en estos tiempos tan frívolos de la profesión, lo que comentábamos antes, cómo se está focalizando todo en un photocall o en el número de seguidores que un actor tiene en Instagram, el estudio es un absoluto contacto con la esencia de mi oficio. O sea, ¿qué es esto de ser actor? ¿Para qué estamos? Ponerte al servicio del autor, de la historia, del personaje, estar con el compañero, la escucha, la observación, la reacción… Yo la formación regular la tuve que dejar, porque trabajando me era imposible compaginarla, pero siempre que puedo hago cursos intensivos, en los que, durante unas semanas, toda la energía va apara ahí, y siempre que salgo siento que es gasolina para el alma del actor.
¿El currículo sirve con aval para que se fijen en ti?
Sobre todo, de cara a la primera oportunidad, que es la más importante y la más difícil. Por eso, yo siempre estaré agradecida a Chicho, a Narciso Ibáñez Serrador. Esa primera toma de contacto es muy importante. Yo conozco a actores buenísimos, que están empezando, pero a la hora de presentarse a un casting, o a un representante, se encuentran con que no pueden presentar nada. Yo, por ejemplo, he hecho muchísima danza, pero no tengo nada que demostrar. En esa primera oportunidad, se necesita una persona con observación, con intuición, con apuesta. Cuando una ya tiene una cierta experiencia, trayectoria, se ha movido en diferentes campos, claro que respalda, pero depende también de lo que hayas hecho esos años.
En ese proceso de selección, de decir en qué te proyectos te adentras, ¿cuáles son los criterios que sigues para decidir en lo que te embarcas?
[Reflexiona] Bueno, primero, tener la fortuna de poder elegir. Por eso no siempre paso. Si paso por la fortuna de vivir de mi oficio, que en mi profesión esto ya es tremendo, porque hay muchos compañeros que no viven de lo que es su vocación, su oficio, sino que tienen que desempeñar otras profesiones para sacar el mes adelante, por lo que, en ese aspecto, me siento una privilegiada, aunque no siempre estoy en etapas en las que puedo elegir. Cuando puedo, siempre tiene que haber un factor que no pasa únicamente por mi historia, mi personaje, mi trama, a lo mejor es que me apetece muchísimo trabajar con el director, o con el compañero que voy a tener.
Lo que más me seduce, casi por encima de todo, es el guion. Es en lo que siento más dificultad como actriz. Cuando las cosas no están bien escritas, cuando la historia que se cuenta me da igual que me da lo mismo, tengo problemas como actriz, para defenderlo, para sentirlo orgánico, para creer en ello… eso es lo más difícil. En teatro ni te cuento. Salir, diariamente, a defender un mal texto es dificilísimo, además de hacerlo crecer. Mucha gente te dice que, si es todos los días lo mismo, pero en teatro, cuando tienes un buen texto, cada función es única. Tienes la posibilidad de hacerla crecer. Nada tiene que ver la primera función a la última, cuando llevas un año de gira. La función y el personaje son otros. Siempre que estés despierto, porque también te puedes acomodar, aunque eso pasa en todos los campos.
Pero siempre que puedo elegir, necesito que el proyecto tenga algo que me ponga.
Próximamente, estrenarás en Televisión Española ‘Asuntos internos’. ¿Qué se puede contar al respecto?
[Risas] No sé exactamente qué puedo contar. Sí decirte que es una serie de la que estoy muy orgullosa de formar parte. Hay un equipo técnico y artístico increíble. Da gusto, de estos placeres que te da esta profesión, verlos trabajar, me emocionaba. Porque esta profesión se hace en equipo, todos tienen que dar lo mejor de sí mismos para que todo vaya rodado. Y el arco que tiene mi personaje, me encanta. La serie se desarrolla en el Madrid de finales de los años 70, en Vallecas, en una comisaria de barrio, a la que llega la protagonista (Laia Manzanares) y se encuentra con que está rodeada de hombres, es la única mujer, y lo que tiene que luchar profesional y personalmente. Es un momento histórico-social en Madrid, en Vallecas, en el que no había el conocimiento que tenemos ahora.
Yo interpreto a Ana, una mujer de clase social económica muy alta, cuya hija cae en esto. Y es una madre que pasa por negación absoluta porque no lo identifica con su clase social, o sea, no puede ser, hasta que llega la caída de venda y todo lo demás, porque debe sacar a su hija adelante. Es un personaje que me ha interesado muchísimo porque está lleno de matices, de contradicciones, de descubrimientos, con ella misma, con los demás. Aprende, a base de golpes, mucho… He tenido secuencias emocionalmente de las más difíciles que me han tocado.
Hay trabajos que, cuando los termino, que me da igual si se ven o no se ven. A veces. Es un poco triste esto decirlo, pero es verdad. Sin embargo, hay otros que deseo con que el espectador los vea, como orgullosa de un trabajo común.

Hablando de trabajos que han quedado para los espectadores, en sus retinas y memorias, he de preguntarte por ‘Pepa y Pepe’, una serie de la que hace ya más de 30 años.
¡30 años! Claro, los que llevo [risas]. ‘Pepa y Pepe’ es familia para mí. Primera serie después de hacer el ‘Un, dos, tres’. La manera de hacer las cosas hace 30 años. Fíjate: grabamos un capitulo de 25 minutos en una semana, sin exteriores. Hacíamos tantas tomas, eran unos ritmos muy diferentes y, además, éramos infinitamente más valientes que ahora. En el texto decíamos cosas que, ahora mismo, no podríamos decir, por no herir sensibilidades a todos los gremios posibles. Era una familia repleta de miserias. Fui muy feliz haciéndola. Y únicamente hicimos una temporada, nos fuimos en lo más alto. Eso podía haber seguido y seguido, teniendo en cuenta la cantidad de gente que la seguía.
Era, además, una serie muy similar a la composición teatral.
Es que, de cara a la grabación, los espacios eran salón, cocina, dormitorio y no había más, no había exteriores. Había siempre invitados maravillosos. Por ahí pasó lo más grande y, por supuesto, estábamos la familia, el núcleo: Vero; Tito; María; Carlos, el peque… bueno, familia.
Prácticamente, ese mismo núcleo se trasladó a ‘El tiempo de la felicidad’.
Sí. Esa fue mi primera película, dirigida por Manolo Iborra. Todos los rodajes que he hecho con él han sido en familia, de bienestar absoluto. Es un personaje al que quise mucho y es una película que vuelvo a ver. Habitualmente, yo veo mis trabajos una vez y no suelo volver a verlos, o los vuelvo a ver cuando han pasado muchos años. Pero, ‘El tiempo de la felicidad’ es una excepción. Cuantos más pases, más la disfruto. Más bellezas veo en ella y más recibo del público.
Es una película que ha marcado muchísimo. Y este personaje, de cara a personas que se mueven en una orientación sexual ambigua, que están en plena juventud y no saben… conocen de memoria las frases que decía Verónica [su personaje] cuando su madre le está peinando, mientras suena un disco de Leonard Cohen, y ella habla de los caracoles hermafroditas. Esa secuencia ha dejado un poso tremendo en muchas personas.
Puestos a hablar de Manuel Iborra, también te dirigió en ‘La dama boba’.
A ‘La dama boba’ gracias, porque me trajo tantas cosas. Primero, por la felicidad del rodaje, de trabajar con Verónica [Forqué] y José [Coronado], que son familia. Bueno, en realidad todos los que estábamos allí. Roberto [San Martín], María Vázquez, Macarena [Gómez], Resines, Paco [León]… pero gracias por la comedia, que me gusta tanto y que no recibo tantas oportunidades como me gustaría para trabajarla, la inmersión en el verso del que me enamoré, lo trabajé con Alicia Hermida, todo lo que trajo: la Biznaga, la tercera nominación al Goya…
Cierto, aunque tu primera nominación al Goya fue por ‘La fuente amarilla’, de Miguel Santesmases. ¿Cómo recuerdas esa película?
[Reflexiona] De los primeros personajes de mucho contraste, porque era una mujer de ascendencia china, aprendí chino, todo lo que fue ese primer tinte negro… todo lo físico e imagen son factores que también influyen. Fue un trabajo importante para mí, precisamente, porque fue muy opuesto a la hora de trabajar: iba pistola en mano.
Si hablamos de trabajos especiales, creo que debo preguntarte por ‘Vida y color’.
Muy especial también, sí. Fíjate, yo estoy como actriz, pero lo que más recuerdo es que yo estaba de coach de mi hermana, que estaba en la película. Cuando llegaban mis escenas era acordarme de lo mío, porque toda mi atención y dedicación estaba en mi hermana, que tenía un personaje con un proceso tremendo: era una niña abusada sexualmente por su padre. Y hacer todo esto desde el juego, teniendo en cuenta que mi hermana tiene síndrome de Down, fue toda una experiencia. Había un núcleo profesional y humano, por el que nos sentimos muy cuidadas.
[Todo un viaje (un viaje emocional por la vida y obra de la actriz) esta conversación entre Silvia Abascal y un servidor, que acaba agradeciéndonos mutuamente lo compartido. “Un placer, un gusto. Gracias”. La tranquilidad y el sosiego de la voz de Silvia Abascal se ha desvanecido. Todo vuelve a ser como antes].